Maternidad·música

Muse

“Starlight
I will be chasing the starlight
Until the end of my life
I don´t know if it´s worth it anymore”

Startlight – Muse

El jueves pasado volví a ver en directo a Muse. No se puede medir lo que te gusta un grupo de música pero este, en concreto, ha estado acompañándome en momentos muy importantes de mi vida. El día de mi boda, sin ir más lejos, Exogenesis y Startlight me acompañaron durante parte de la ceremonia.

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Escenario Drones World Tour

Volver a verles después de cuatro años, me ha devuelvo muchos recuerdos. Recuerdo que cuando salí del último concierto, en 2012, dije que ya no volvería a verlos más. No fue un mal concierto, ni mucho menos, pero fue frío. No sentí lo mismo que la primera vez que los ví en La Riviera, allá por 2003, cuando noté cómo las piernas me temblaban tras escuchar Plug un Baby. El jueves pasado volví a sentir esa sensación. Y es que, como decía una noticia de El Confidencial que pasó mi amiga Lorena, Muse es una religión y toda la gente debería ir a verlos una vez en su vida.

Recordar un concierto de hace trece años hace que me ponga nostálgica.  Por aquella época estaba agobiada con la carrera y las prácticas. Deseaba acabar y ponerme a trabajar para poder ser independiente. Ahora que lo he conseguido, el agobio viene cuando las horas del día pasan sin darme cuenta y no he podido hacer nada de lo que antes era imprescindible para mí. Está claro que nunca estamos conformes con lo que tenemos. Yo debo aprender a ser paciente y saber que todo volverá con el tiempo.

A veces mi chico tiene que recordarme que mi vida ha cambiado. Tener a Martín ha sido lo mejor que me ha pasado pero me cuesta cambiar mis hábitos. Por ejemplo, con algo tan obvio como los viajes. Yo siempre llevo mi planning diario pensado al milímetro pero ya no podemos estar viendo cosas mañana y tarde sin parar, en unos años quizás sí, pero con un bebé hay que guardar unas rutinas aunque no estés en casa.

Y qué puedo decir de salir de fiesta. Madre mía, ¡qué me gusta a mí una fiesta!, mi cabeza lo está deseando pero luego llega mi cuerpo y me recuerda que llevo semanas durmiendo una media de tres horas y rompo la máquina. Recuerdo los Non Stop con mis amigas, cuando empezábamos a la una de la tarde y terminábamos a las 4 de la mañana en un concierto de Medina Azahara. No es que me guste este grupo, pero eran las fiestas del pueblo de al lado y había que aprovechar. O cuando no había quién me trajera a casa y quería terminar la noche en el The Moon. O cuando fuimos a la romería del pueblo de una amiga y al día siguiente todos nos conocían. O las salidas con mis primas, cuando nos íbamos todas juntas a dormir y pasábamos el domingo viendo todas las temporadas de  Sexo en Nueva York.

O cuando teníamos maratones de películas antes de los Oscar e incluso me sobraba tiempo para escribir la crítica en un blog en el que colaboraba. Ahora, llevo un mes para ver Julieta, de Pedro Almodóvar, y no puedo ni enumerar la cantidad de películas que he dejado apartadas. Con las series voy salvando alguna temporada pero tengo a mi amiga Delia esperando para comentar la tercera de Orphan Black. Y ya no hablo de otras aficiones totalmente aparcadas pero no por ello menos importantes.

Tener estos momentos es habitual, sobre todo ahora que Martín es tan pequeño y depende de nosotros para todo. Yo estoy feliz con mi nueva vida pero no puedo evitar echar de menos algunas cosas. Seguro que cuando pase esta etapa y Martín sea más independiente echaré de menos estos años. Soy así, qué le voy a hacer. Pero debo aprender a tener paciencia y no quererlo todo ya. Disfrutar el momento, que el tiempo pasa muy rápido.

Feliz fin de semana!

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