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Las primeras semanas

Cuando hablo con alguien sobre la hipoacusia de Martín y me pregunta cómo lo llevamos siempre digo lo mismo, lo peor fueron los dos primeros meses. Las idas y venidas al hospital, las falsas esperanzas que, en muchas ocasiones, nos transmitieron los médicos, la incertidumbre…

Todo comenzó a las 24 horas de nacer. Estábamos felices, todo había salido bien y teníamos a nuestro bebé con nosotros. Una enfermera entró a realizar las pruebas de audición. Comenzó por la niña de mi compañera de habitación. Tardó menos de 5 segundos. Llegó el turno Martín, yo estaba convencida de no habría ningún problema, había notado cómo se movía en mi tripa con ruidos fuertes e incluso con la voz de algún jefe que elevaba el tono en la oficina.  Pero no, los minutos iban pasando y, con ellos, mis dudas crecían. Tras veinte minutos de espera la enfermera dio la prueba por concluida. Nos comunicó que se los repetiría antes de recibir el alta y nos soltó las típicas frases de rigor: esta prueba no es concluyente, este resultado suele pasar bastante, puede ser moco… Palabras que intentaban transmitir tranquilidad pero una cara que mostraba todo lo contrario. Cuando salió de la habitación yo sólo quería llorar, me metí en el baño pero había visitas fuera. Tuve que coger fuerzas y salir. Recuerdo ese día nublado. Yo sólo quería estar con mi marido pero no podía.

Al día siguiente y tras dos pruebas fallidas nos fuimos a casa. La pediatra del hospital nos citó para repetir las pruebas el miércoles siguiente. Nos íbamos con la sensación de que dejábamos parte de nuestro corazón en el hospital.

Los días siguientes fueron duros. Entre la preocupación y las hormonas (son muy putas) no paraba de llorar. Yo pedí a mi gente que nos dejaran un tiempo solos, lo habíamos pasado muy mal en el hospital con tanta gente y queríamos estar tranquilos. Lo entendieron. Mientras tanto, mi chico y yo hacíamos pruebas en casa sin parar. Nos obsesionamos. Queríamos creer que Martín oía pero algo en nuestro interior nos decía que no.

Volvimos al hospital y volvimos a no pasar las pruebas. La doctora nos dijo que había que descartar que el niño tuviera Citomegalovirus (CMV), un herpes que se contagia durante el embarazo. Otra vez a llorar, otra vez a culparme, otra vez lo mismo. Así tres semanas. Tres semanas en las que hicimos las pruebas en la seguridad social y en un hospital privado. Siempre la misma valoración y siempre la misma cara de pena. La cuarta semana se descartó contagio de CMV y nos derivaron al Otorrino, cuatro meses después.

Hablamos con la pediatra del centro de salud y nos dijo que no podíamos esperar tanto. Si el niño tenía hipoacusia había que diagnosticarlo cuanto antes. Así que realizamos los potenciales evocados en un hospital privado. Si el niño no era sordo, nos quitaríamos una preocupación pero si lo era había que empezar a trabajar en su rehabilitación.

Llegó el día de los potenciales y la primera confirmación de la hipoacusia de Martín. El técnico nos habló claro, el niño tenía un problema de audición. Nos miró, sin pena, y nos dijo que hoy en día había muchos avances que permitirían oír al niño. Otra vez a llorar, otra vez a lamentarme, otra vez a meterme en una espiral de lamentaciones. ¡Qué tonta fui! No me daba cuenta de que tenía un bebé precioso y un marido que, aunque se estaba haciendo el fuerte, estaba roto por dentro, igual que yo.

Esa tarde vinieron mis padres a casa. Yo no paraba de llorar pero ellos me hablaron de dos niños que conocían y llevaban Implantes. Uno era de nuestro pueblo y otro el nieto de un amigo de la familia. Ambos llevaban una vida igual a la de otros niños de su edad. Empecé a cambiar, busqué vídeos en youtube y encontré a Nacho:

Puede que sea una tontería pero ver hablar a Nacho me hizo cambiar de actitud. Al día siguiente llamé a mi tío Jose, es médico y podría recomendarme a un buen otorrino infantil. Me ayudó mucho, la nieta de su compañera tenía IC y me habló del Doctor Cervera Escario. Pedí a mi pediatra que me derivara a ese hospital y comenzamos. Repitieron pruebas y confirmamos, por fin, la hipoacusia de Martín.

Tardé bastante en hablar de ello sin llorar pero, poco a poco, fui cogiendo fuerzas y contándoselo a las personas de mi entorno. Entendieron muchas cosas cuando lo supieron.

Recordar esas semanas es difícil. Sé que tendré otro hijo y sé que la incertidumbre de la hipoacusia estará ahí hasta los primeros cribados auditivos.  Pero de todo se aprende y sé que, en caso de vuelva a pasar, no pienso estar dos meses llorando sin disfrutar de mi hijo.

Feliz Fin de semana!

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