Maternidad·música

Canciones para Martín – Vol I

Los logopedas de Martín siempre nos están insistiendo en que haya música en casa. ¡Se nota que no me conocen!. Me encanta la música, tengo listas de reproducción para todo, mientras cocino, mientras limpio, mientras recojo… Así que durante estos meses he ido confeccionando varias listas de reproducción para Martín.

Aquí dejo parte de las canciones que Martín lleva escuchando estos meses. Tenéis la playlist en Spotify.

  • Nirvana – About a Girl
  • Muse – Starlight
  • Iván Ferreiro – Turnedo
  • Radiohead – Creep
  • The Smashing Pumpkins – Today
  • David Bowie – Life on Mars?
  • The Beatles – Here comes the sun

 

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El Despertar

Después de hablar con el médico fuimos a reanimación (REA) para ver a Martín. Esperamos en la sala de espera hasta que Carlos, un enfermero encantador nos llamó. La operación había sido tan rápida que pilló a los abuelos comiendo. No nos dió tiempo a verles antes de entrar.

Carlos nos dió la llave de la taquilla donde dejaríamos los objetos de valor y nos explicó el proceso. En la primera visita entraríamos los dos pero después sólo podría quedarse uno, aunque podríamos turnarnos las veces que quisiéramos. Llegamos a la puerta, me había preparado para lo peor, así que tomé aire y entré. Había seis camas, Martín estaba en la primera, dormidito. Tenía la cabecita vendada, una vía y el oxígeno. Era él, apenas estaba hinchado. Miré las marcas de la operación, en el moflete derecho tenía un pequeño hematoma y el recuerdo de varios pinchazos en las muñecas.

Pasamos un rato mirándole, con la tranquilidad de que había pasado lo peor. Estábamos en la cima de la montaña, ahora tocaba el descenso. Nos preguntaron por las comidas del niño y nos recordaron que cuando volviéramos a entrar sólo podría estar uno de nosotros. Permanecimos un ratito más hasta que llegó el cambio de turno y tuvimos que esperar fuera.

Cuando volví seguía dormido, aunque comenzaba a moverse. Estaba incómodo. Abrió los ojos y sacó la fiera que lleva dentro. Empezó a llorar. Al verme sólo quería que le cogiera. Me signaba, hacía “ven, ven”. Era la primera vez que le veía hacerlo de una forma tan clara. Una enfermera me dijo que le cogiera pero entonces, al moverse, notó la vía y se la arrancó. Lloraba desconsolado,  se retorcía de dolor. Era imposible tranquilizarle. Los enfermeros se acercaron y me invitaron a salir. Mejor así. Cuando volví estaba dormido. Me explicaron que los niños sordos solían tener muy mal despertar. Si a eso le sumamos que Martín tiene mal despertar de serie tenemos una combinación explosiva o, como ellos le bautizaron, un torete.

Mi marido y yo pasamos el resto de la tarde haciendo turnos para estar con él. Llegó la noche y el cambio de turno del personal médico. Habíamos tenido una experiencia maravillosa con todos ellos pero siempre hay un garbanzo negro y nos tocó la raspa del día. La enfermera del turno de tarde nos había dicho que dejáramos al niño allí y nos fuéramos a descansar. Estaría perfectamente atendido y, ante cualquier problema, nos llamarían. Yo estaba convencida hasta que conocí a la enfermera del turno de noche. Una borde de doctorado y, eso es difícil. Martín iba a estar bien atendido, eso jamás lo pondría en duda, pero prefería que mi niño me tuviera a mí si se despertaba. Además, sé que si me iba a casa no podría dormir pensando que le dejaba sólo.

Martín se despertó y pidió el bibe con una serenata mañanera que mezclaba mala leche y hambre. Ese tipo de cosas eran las que me tranquilizaban, era signo de que estaba volviendo a ser él. Le di el desayuno y bajé a desayunar mientras le bañaban. Volvimos y esperamos la ronda médica. Si todo iba bien nos iríamos a casa. Y así fue, todo evolucionaba según lo previsto. Nos dieron el tratamiento: limpiar la herida tres veces al día, augmentine durante diez días y llevar una cinta que presionara la zona. Si no había complicación, volveríamos en seis días para revisión.

Antes de irnos pasamos por logopedia para pedir la cita en la que elegiríamos modelo del implante, color, longitud de los cables, etc. Con todos las citas cerradas nos fuimos a casa. Martín estaba tranquilo, creo que en el momento en que le quitaron la vía descansó.

Cuando llegamos a casa me dí una ducha y me puse el pijama. No pensaba salir en dos días. Me metí en la cama con Martín y, sin darnos cuenta, nos quedamos dormidos.

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La Operación

“Rompiendo las barreras del sonido voy…
Rompiendo las barreras del sonido estoy…”

Iván Ferreiro – Piensa en frío

Ya estamos en casa. Cuarenta y ocho horas después de la operación estamos en el comedor de casa jugando como siempre. Lo único que nos recuerda que hace dos días estábamos en el hospital es la cinta que lleva Martín para proteger la herida. Ha sido todo muy rápido, más de lo que imaginábamos y la recuperación nos está dejando locos. Es un auténtico Jedi.

Los últimos días han estado cargados de emociones, pensaba resumirlo todo en una única entrada pero era demasiado. Quiero agradecer a todo el personal del Hospital Niño Jesús el trabajo que desempeñan. También a los padres de otros niños implantados por el apoyo y seguimiento que han tenido con nosotros. Su experiencia es nuestra mejor terapia. Toda nuestra familia y amigos saben lo agradecidos que estamos por su paciencia y apoyo infinito.

El ingreso

Martín ingresaba  a las cinco de la tarde así que el día se desarrollaría con la rutina de siempre. Al salir de trabajar, iríamos al logopeda y luego, después de merendar, haríamos el ingreso. Los días previos intentamos mantener la mente ocupada en el trabajo pero ese día ya no teníamos escape y los nervios empezaban a florecer.

Nos dirigimos a la zona de admisiones, firmamos las autorizaciones pertinentes y esperamos a que bajaran a buscarnos. De repente apareció un payaso, Don Piruleto. Empezó a cantar y a hacer juegos con las manos a Martín. Nos indicó que nos acompañaría hasta la habitación y, mientras subíamos, nos explicó las normas del hospital así como los servicios disponibles para niños (teatro, colegio, aulas de recreo, etc). Cuando nos dimos cuenta ya estábamos en el control de enfermeras.

Don Piruleto pertenece a la Asociación El Circo de Piruleto, una asociación sin ánimo de lucro que ayuda a que las familias y, sobre todo los niños, pasen el periodo de hospitalización de la mejor forma posible. Siento una profunda admiración por los profesionales que hacen eso posible.

Una vez instalados, una enfermera vino a rasurar la zona de la cabeza en la que harían la intervención. Me sorprendí de lo poco que cortaron. Pensaba que tendría que hacerle un corte estilo mohicano tras la operación. Le pusimos el pijama del hospital y fuimos a dar un paseo.

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Martín en la cuna de su habitación

Recorrimos los pasillos, vimos la función de un mago en el teatro y volvimos a la habitación para dar la cena a Martín. Era la última comida antes de la operación, tenía que comérselo todo. Mi marido estuvo con nosotros hasta que el horario de visitas finalizó. Martín se quedó dormido pronto y yo, como pude, intenté dormir. El día siguiente iba a ser duro así que había que tener las pilas cargadas.

La operación

Martín estuvo dormido hasta las nueve de la mañana. Era el cuarto en entrar en quirófano, así que todo lo que pudiera aguantar dormido, en ayunas, era bienvenido. Mi marido llegó temprano y aproveché para bajar a desayunar. Después de la experiencia del nacimiento de Martín preferimos no tener visitas, sólo los abuelos. Pasamos un par de horas en la habitación mientras Martín jugaba con los juguetes que le habíamos llevado. A las 11.30 la enfermera vino a dar un jarabe a Martín. Nos avisó de que en una media hora vendrían a por él. Llegaba el momento.

Pasados los treinta minutos volvió la enfermera para ir al quirófano. Nos dejó llevarle en brazos hasta la sala en la que estaría acompañado por uno de nosotros. Salimos de la habitación despidiéndonos de las enfermeras del turno de mañana. Al salir de la zona de las habitaciones estaban los abuelos, cuando les ví me emocioné. Menos mal que no había nadie más.

Llegamos a la puerta de los quirófanos, a partir de ahí sólo entraría uno. Decidimos que fuera yo así que, en una sala llena de dibujos, esperé a que vinieran a buscarle. Una enfermera, encantadora, se acercó a nosotros y me contó los siguientes pasos. En unos minutos se llevaría a Martín para prepararle. Después, cuando la operación empezara, saldría a informarnos. A partir de ahí deberíamos esperar tres horas hasta que el médico saliera a hablar con nosotros. Me dejó unos minutos más con él y, con juegos, se lo llevó sin darse cuenta. Salí fuera y abracé a mi marido.

Hablamos con los abuelos y bajamos a comer algo. Si había algún contratiempo ellos estarían allí. Comimos rápidamente y subimos a la sala de espera. Con todos los mensajes de ese día me quedé sin batería, así que fui a buscar un enchufe y devolver alguna llamada. Habían pasado dos horas y, de repente, escuché a mi marido llamarme. Giré y le ví corriendo detrás del médico. El corazón se me encogió, era muy pronto. Seguí a mi marido, no podía ver su cara, fueron diez segundos eternos. De repente el médico se giró y nos miró. Estaba relajado, incluso podría decir contento. La operación había salido muy bien. Martín ya estaba implantado.

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Las primeras semanas

Cuando hablo con alguien sobre la hipoacusia de Martín y me pregunta cómo lo llevamos siempre digo lo mismo, lo peor fueron los dos primeros meses. Las idas y venidas al hospital, las falsas esperanzas que, en muchas ocasiones, nos transmitieron los médicos, la incertidumbre…

Todo comenzó a las 24 horas de nacer. Estábamos felices, todo había salido bien y teníamos a nuestro bebé con nosotros. Una enfermera entró a realizar las pruebas de audición. Comenzó por la niña de mi compañera de habitación. Tardó menos de 5 segundos. Llegó el turno Martín, yo estaba convencida de no habría ningún problema, había notado cómo se movía en mi tripa con ruidos fuertes e incluso con la voz de algún jefe que elevaba el tono en la oficina.  Pero no, los minutos iban pasando y, con ellos, mis dudas crecían. Tras veinte minutos de espera la enfermera dio la prueba por concluida. Nos comunicó que se los repetiría antes de recibir el alta y nos soltó las típicas frases de rigor: esta prueba no es concluyente, este resultado suele pasar bastante, puede ser moco… Palabras que intentaban transmitir tranquilidad pero una cara que mostraba todo lo contrario. Cuando salió de la habitación yo sólo quería llorar, me metí en el baño pero había visitas fuera. Tuve que coger fuerzas y salir. Recuerdo ese día nublado. Yo sólo quería estar con mi marido pero no podía.

Al día siguiente y tras dos pruebas fallidas nos fuimos a casa. La pediatra del hospital nos citó para repetir las pruebas el miércoles siguiente. Nos íbamos con la sensación de que dejábamos parte de nuestro corazón en el hospital.

Los días siguientes fueron duros. Entre la preocupación y las hormonas (son muy putas) no paraba de llorar. Yo pedí a mi gente que nos dejaran un tiempo solos, lo habíamos pasado muy mal en el hospital con tanta gente y queríamos estar tranquilos. Lo entendieron. Mientras tanto, mi chico y yo hacíamos pruebas en casa sin parar. Nos obsesionamos. Queríamos creer que Martín oía pero algo en nuestro interior nos decía que no.

Volvimos al hospital y volvimos a no pasar las pruebas. La doctora nos dijo que había que descartar que el niño tuviera Citomegalovirus (CMV), un herpes que se contagia durante el embarazo. Otra vez a llorar, otra vez a culparme, otra vez lo mismo. Así tres semanas. Tres semanas en las que hicimos las pruebas en la seguridad social y en un hospital privado. Siempre la misma valoración y siempre la misma cara de pena. La cuarta semana se descartó contagio de CMV y nos derivaron al Otorrino, cuatro meses después.

Hablamos con la pediatra del centro de salud y nos dijo que no podíamos esperar tanto. Si el niño tenía hipoacusia había que diagnosticarlo cuanto antes. Así que realizamos los potenciales evocados en un hospital privado. Si el niño no era sordo, nos quitaríamos una preocupación pero si lo era había que empezar a trabajar en su rehabilitación.

Llegó el día de los potenciales y la primera confirmación de la hipoacusia de Martín. El técnico nos habló claro, el niño tenía un problema de audición. Nos miró, sin pena, y nos dijo que hoy en día había muchos avances que permitirían oír al niño. Otra vez a llorar, otra vez a lamentarme, otra vez a meterme en una espiral de lamentaciones. ¡Qué tonta fui! No me daba cuenta de que tenía un bebé precioso y un marido que, aunque se estaba haciendo el fuerte, estaba roto por dentro, igual que yo.

Esa tarde vinieron mis padres a casa. Yo no paraba de llorar pero ellos me hablaron de dos niños que conocían y llevaban Implantes. Uno era de nuestro pueblo y otro el nieto de un amigo de la familia. Ambos llevaban una vida igual a la de otros niños de su edad. Empecé a cambiar, busqué vídeos en youtube y encontré a Nacho:

Puede que sea una tontería pero ver hablar a Nacho me hizo cambiar de actitud. Al día siguiente llamé a mi tío Jose, es médico y podría recomendarme a un buen otorrino infantil. Me ayudó mucho, la nieta de su compañera tenía IC y me habló del Doctor Cervera Escario. Pedí a mi pediatra que me derivara a ese hospital y comenzamos. Repitieron pruebas y confirmamos, por fin, la hipoacusia de Martín.

Tardé bastante en hablar de ello sin llorar pero, poco a poco, fui cogiendo fuerzas y contándoselo a las personas de mi entorno. Entendieron muchas cosas cuando lo supieron.

Recordar esas semanas es difícil. Sé que tendré otro hijo y sé que la incertidumbre de la hipoacusia estará ahí hasta los primeros cribados auditivos.  Pero de todo se aprende y sé que, en caso de vuelva a pasar, no pienso estar dos meses llorando sin disfrutar de mi hijo.

Feliz Fin de semana!